viernes, 15 de agosto de 2008

Yo tengo un hermano

Con ciertos nervios y ansiedad esperé. Me había llamado el lunes anterior y me dibujó una sonrisa saber que pasaríamos un día juntos. Nos bajamos de aquel colectivo[1] para ahora subirnos a su auto. No sabía a dónde íbamos a ir, pero tenía mucha impaciencia. Quería que llegue. Toda la semana esperando que sea jueves. Fue jueves.

[2]Yo tuve un hermano
no nos vimos nunca
pero no importaba.

Siempre que espero a mi hermano tengo miedo de que no llegue. Mi papá me contaba que cuando las cosas no andaban bien entre ellos, él le decía que venía y no venía. Me acuerdo que una vez mi abuelo Domingo, que lleva justamente su nombre, quiso juntar a todos los nietos un día del niño. Mi hermano era su nieto preferido, sé que principalmente quería que vaya él. Yo tenía alrededor de once años. Estaba tan entusiasmada y no vino. Mi abuelo lo esperó sentado, me acuerdo que no durmió la siesta esa tarde. No entendía por qué y tenía la necesidad de entender.
Igualmente, sabía que ahora iba a llegar. Escuché la puerta de un auto que se cerró en la puerta de mi casa y predije inmediatamente el ruido del timbre.
¿Iba a encontrar respuestas a mis preguntas? ¿Iba a comenzar a entender?
Despegamos de Aldo Bonzi donde ambos vivimos toda la vida. Claro que en casas separadas. Nos separa una distancia de aproximadamente 10 cuadras y pensar que a pesar de nuestra cercanía no nos veíamos tan seguido. Gracias a eso es por qué explico mi condición de hija única. “Tengo un hermano, pero soy hija única.” Siempre dije eso porque nunca me crié con un hermano. Aunque lo tenga. Él es hijo del primer matrimonio de mi papá. Nos llevamos veinte años, es decir que cuando yo nací él tenía mi edad. Ahora me imagino lo difícil que debe ser tener un hermano después de 20 años de ser el único. Y encima un hermano con el que sólo compartís el padre y no la madre.
Subimos al auto que nos permitió recrear esa metáfora que construimos en un encuentro anterior: “Obviamente estamos en un mismo micro. Ahora estamos sentados al lado y en otro momento estábamos en otra punta.”[3] En el auto él manejó y yo fui su acompañante.
Rápidamente me explicó el recorrido que íbamos a hacer. Sé que disfrutó el momento del despegue de su ciudad natal para encontrarse con otra cosa, al menos por obligación. Sonaba música brasilera de fondo en la radio y había un rayo de sol que no me dejaba ver del todo.
“Vamos a ir a Puerto Madero a entregar una carpeta, después a Once y por último a Flores. Te traigo acá y yo después sigo.” No me esperaba ese recorrido, pero me pareció buenísimo.
En la autopista el sol ya se había ido y el paisaje estaba bastante confuso y desdibujado a causa de la niebla. Mi hermano ya había sacado su caja de Marlboro y tenía su primer cigarrillo en la boca. El humo se perdía por la ventanilla en la niebla.
Dentro del auto él tiene su hábitat. En la parte de atrás hay un conjunto de agendas, papeles que me decía que tenía que ordenar.
Eran las 10:30 y ya habíamos llegado a Puerto Madero. Teníamos que estacionar y no encontrábamos dónde. Dimos muchas vueltas. Por el parabrisas veía varios edificios construyéndose. Actualmente esta es una zona de muchos andamios y restaurantes. Era un paisaje muy gris y el clima ayudaba a que parezca más gris. Será que me gustan los colores. Me acuerdo una de las primeras veces en las que empezamos a vernos más seguido, que no sé por qué terminamos en la Boca con mi papá y él. Él había dicho que le gustaría vivir en La Boca. ¿Será por los colores?
Seguimos dando vueltas buscando un lugar para estacionar, y el gris no era lo nuestro se ve.
-¿Viste que acá todas las calles tienen nombres de mujeres? Me comentó. No me había dado cuenta, y siguiendo el nombre de estas mujeres encontramos estacionamiento. Él ya tenía experiencia con los nombres de mujer…
Hacía frío y estaba muy nublado, pero al menos ya no tenía ese rayo de sol que me molestaba en nuestro despegue y estaba mucho más cómoda.
Entramos en un edificio con un sistema de seguridad bastante molesto. Sólo teníamos que dejar una carpeta. El “hombre de seguridad” de la recepción le preguntó su apellido.
- Catanzariti.
- Catanzariti, Domingo ¿no?
- Sí, parece que ya vine acá.
Como dije anteriormente él lleva el nombre de mi abuelo. Aunque todos lo conocen como “Mingo” a secas. Mi papá quiso seguir esa famosa costumbre italiana de ponerle a su primer hijo varón el nombre de su padre. No sé si él habrá estado muy conforme durante su infancia con su nombre. Pero la cosa es que para mí el apodo “Mingo” me permite reconocerlo, tiene personalidad. Cuando me preguntan por él y lo mencionan así, lo primero que se me viene a la cabeza es él, su bajo blanco y su cigarrillo en la boca.
Yo también seguí la misma suerte de usar el nombre de mis abuelas, como para no romper con la tradición. En eso coincidimos. Aunque ese nombre quedó en segundo lugar, y, por suerte, él tuvo la decisión de elegir cómo me llamarían toda mi vida y qué palabra acompañaría a nuestro apellido en mi DNI. Digo por suerte porque me gusta mi nombre. Laura. Él ya tenía experiencia en nombres de mujer…
Luego de sacarse una foto, me quedé esperando para ahorrar el trámite de que dos Catanzaritis queden registrados y fotografiados en la computadora de quién sabe qué empresa sólo para estar ahí dos minutos y entregar una carpeta. Finalmente salimos y me dice: “ahora vamos a hacer algo más bueno.” Nos subimos de nuevo al Corsa bordó mezclado con el gris de la tierra que tenía por fuera en donde se veía una inscripción que decía “lavame sucio” que me causó gracia y emprendimos nuestro viaje en búsqueda de un pantalón.
* * *
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.

El paisaje se veía gris todavía y yo seguía a su lado, como habíamos hablado aquella vez. Eran alrededor de las 11 AM y había mucho ruido de autos y colectivos. El viaje hasta Once se hacía largo, pero no por eso menos entretenido.
-“Ahora cuando lleguemos haceme acordar que tengo que comprar una porra para el jardín de Fede.” Me dijo.
Fede es su hijo, mi sobrino. Tema infaltable en nuestras charlas. Es un buen punto de unión. Cuando él nació nos empezamos a ver más seguido.
Antes, cuando estábamos distanciados, siempre tuve ganas de abrazar a mi hermano. Había una foto que siempre miraba. Una foto de la que no recordaba nada y hace relativamente poco apareció en el living de mi casa. Siempre la miraba como irreconocible. Estábamos los cuatro posando: mi papá, mi mamá, él con el pelo más largo y rulos que abundaban en su cabeza, su cara llena de barba alzándome a mí que tenía cara de asombro, supongo que porque me habrá llamado la atención el fotógrafo. Atrás se veía la iglesia de Luján y yo llevaba puesto un gorro del Club Atlético Boca Juniors que por lo que sé me lo regaló él ese día. Se notaba que todos teníamos muchos años menos encima.
Averigüé con mi mamá si se acordaba de ese día. Me contó que era un domingo nublado y un poco lluvioso (parecido al clima que estábamos teniendo en ese momento), y mi papá lo invitó a ir pensando que no vendría pero apareció con las facturas. Viajamos en la Lujanera, un servicio de la línea 52 que se hacía en ese entonces y que iba casualmente de Once (hacia donde nos dirigíamos en este momento) a Luján. Durante el viaje tomaron mate, costumbre típica argentina con la finalidad de compartir. Me di cuenta que antes también viajamos uno al lado del otro compartiendo, ya habíamos vivido la metáfora del micro y la prueba estaba en la foto. Hicimos el típico recorrido que se hace allá, fuimos a comer a un recreo en el cual había un músico y mi mamá recuerda que se reían porque yo me senté delante de él y lo miraba fijo. Creo que a veces hago eso también hoy en día cuando lo voy a ver tocar a Mingo. Después me llevó a pasear por el lugar y ahí fue cuando me compró el gorro. Antes de volver nos sacamos la foto. Y yo con dos años y sin recordarlo lo abrazaba, sin ninguna vergüenza.
Durante el tiempo que estuvimos distanciados no sé si lo abracé. O al menos sigo sin recordar ningún abrazo, pero sí recuerdo el primero que le di después de tanto tiempo. Un abrazo con ganas. Un 8 de junio de 2005. El día que nació Fede. A eso voy con lo de punto de unión.
Seguimos charlando, metidos en el medio del tráfico. Muy atrás había quedado ese despegue que lo motiva tanto en sus viajes y seguimos avanzando.
-“Quiero un pantalón negro, de corderoy sin rayas” ¿De corderoy sin rayas? Pensé y sonreí.
-“No lo consigo por ningún lado, pero me dijeron que lo que yo busco es un pantalón de pana. Y me da un poco de vergüenza decir que quiero ese pantalón.” Se rió y me reí. Seguía al tráfico.
Me comentó que estábamos cerca de dónde él hacía terapia. Me sorprendí porque no sabía que seguía haciendo. Seguimos avanzando y se prendió un cigarrillo. El tráfico era más fluido. Le pregunté qué lo hizo ir a un psicólogo y me dijo que cuando el tuvo hepatitis C, empezó. Yo creo acordarme de esa época, aunque no entendía cuán grave era su enfermedad. El tema es que ahí empezó y hoy en día sigue. Entre charlas sobre terapias y psicólogos (tema que creo que le interesa porque una vez empezó a estudiar psicología) me empecé a dar cuenta que coincidíamos en puntos de vista sobre el mundo y en nuestra personalidad. Conversamos respecto a la gente, las adicciones (yo a la comida, él al tabaco), etc. Nos conocimos un poco más. Ambos coincidimos en la importancia de la conversación.
-“Y así empezamos con Gisela.” Me dijo.
- ¿”Cómo? Nunca me contaste bien cómo se conocieron.”
Gisela es su compañera de vida, la mamá de Fede. Hace 17 años que están juntos pero para él se pasaron intensos, rapidísimos. Se conocieron aproximadamente en la época que fuimos a pasear a Luján, me imagino. Ella era amiga de la novia de ese entonces de un amigo de él, pero al principio no pasó nada. Luego cuando él se decidió a terminar el secundario y le quedaba por rendir una materia, ella lo preparó. Se juntaban todos los días en una pizzería de Tapiales en donde se la pasaban conversando. Y así se dio todo.
Finalmente, llegamos a Once. Pasamos por un cotillón, compramos la porra. Había mucha gente. Telas, señores con sombreros y mucha barba y en la Avenida Corrientes muchos autos pasaban por ahí. Había un viento frío. Otro cigarrillo prendido.
Esta iba a ser la primera vez que lo acompañaba a comprar algo. Consiguió su pantalón de pana, aunque primero lo pidió como “corderoy sin rayas.” Le quedaba bastante bien, aunque no sé porqué lo quería teñir con anilina negra. Seguimos viaje.

* * *
Lo quiero a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua.
Otra vez abrochándonos el cinturón de seguridad. Nos acercamos a un barrio de menos edificios y más casas bajas. La radio seguía de fondo. Estábamos cerca de Boedo, pero creo que aún no me ubicaba.
-“¿Viste en donde estamos? En la esquina Homero Manzi” No sé si en mi cabeza o materialicé mi pensamiento en sustancia fónica, pero recordé los primeros versos del tango Sur. San Juan y Boedo antigua… Sur, paredón y después. ¿Qué habría después? Él sabía que me iba a dar cuenta de eso. Me gusta mucho el tango, a él también le gusta, no sé si mucho pero le gusta. Hace un tiempo me había comentado que su tango favorito era “El día que me quieras”… y que le gustaba la Fernández Fierro[4]. Nos estábamos encontrando.
Comimos y alrededor de las 13 horas salimos de ahí, en busca de un kiosco para comprar cigarrillos. Me dijo que él más o menos conoce esa zona. Creo que era porque le gustaba. Me preguntó si quería algo dulce y le dije que no. Me acordé de una de nuestras primeras salidas cuando yo tenía alrededor de 15 años que fuimos a un homenaje de un jugador a la cancha de Boca. Era la primera vez que iba, y encima la primera vez que salía con él, al menos para mi memoria. No me acuerdo mucho del día, pero sí me quedó grabado que me compró una caja de maní con chocolate que aún tengo guardada y la transformé en amuleto por eso.
De ahí nos fuimos a Flores, y estacionamos en un lugar para hacer tiempo. Cuando habíamos estado en Once, me dio un par de entradas para que lo vaya a ver al día siguiente que tocaba.
Él con la música no tiene distancias. Toca en su banda desde los 13 años, empezaron ensayando en lo que hoy es mi dormitorio. Cosas de la vida ¿no? Es algo que disfruta, y se nota cuando habla de eso. Ahí no tiene ningún tipo de presiones y si las hay las disfruta. Sensación de libertad, sentir como si nada hubiese pasado. La música es un viaje para él.
Su banda se llama los Pérez García. Empezaron siendo tres, empezaron con otro nombre, cambiaron de integrantes, son conocidos donde vivimos. Sacaron tres discos. Me acuerdo que cuando tenían el primero, un día fui a la casa creo que a saludarlo por el cumpleaños y me regaló uno. Qué felicidad que tenía. Cuando vino el segundo, fui a verlo a un lugar en Palermo donde lo presentaron. Y hoy en día voy con mis amigos. “Me encanta que vengas a lo shows, es algo muy groso. Está mi hermana ahí, yo ya tocaba cuando ella nació y ella está ahí.”[5] De eso me enteré hace poco. Y estoy acá y ahí también.

* * *
Caminé de a ratos
cerca de su sombra
no nos vimos nunca
pero no importaba.
Me quedé sola. Él se fue a hacer su trabajo y me dejó con cierto temor en el auto. No sabía si dejar la llave o no. “Me llevo la llave, así no te llevan a ningún lado” me dijo. Yo me iba a quedar ahí.
No hay humo de cigarrillo y estoy acá, ocupando este lugar, no, no, mejor digo compartiéndolo. Compartir el mismo viaje que empezó hace 19 años, que empezó esta mañana, que despegamos de Aldo Bonzi. Y ahora estoy sola pensando todo esto, sabiendo que por mucho tiempo ambos estuvimos solos, pero sabíamos que estaba el otro, sentíamos las distancias, él pensaba que tenía la vida resuelta por un lado y hay cosas que estaban y eran. Él estaba trabajando, yo en su auto; él estaba entendiendo lo que era la adultez, yo jugando con mis muñecas; él con su música, yo interesándome recién por la mía; el estaba sufriendo y yo no lo sabía. ¡¿Por qué no lo sabía?! Si yo siempre lo quise y no entendía por qué no estaba ahí y no podía saberlo. Ahora lo entiendo. Nos separaban kilómetros. No entendía, no entendía y por alguna razón todos me preguntaban por él y no me molestaba eso, me dolía no saber qué responder porque no lo sabía y quería saber. Me enojé, mucho, muchísimo, no podés obligar a alguien a que te quiera me decían y ¡no! Trate de convencerme de eso pero sabía que no era así, que es mi hermano y si yo lo quería y lo extrañaba ¿por qué él no?, aunque no éramos el estereotipo de hermanos que todos tenemos en la cabeza. Es mi hermano.
Yo estoy acá junto a él, aunque ahora esté sola, lo estoy esperando, siguiendo, acompañando. Estoy acá después de casi 20 años de viaje, después de un día de viaje, nos quedamos dormidos unos cuántos kilómetros y estamos acá, porque no agarramos rutas diferentes, sólo nos quedamos dormidos, estamos acá. Juntos. Y sé que va a haber más camino porque realmente vale la pena. Lo quiero mucho y lo entiendo, porque es un poco yo, porque mira parecido a mí, porque vive su vida como a mi me gustaría vivir, porque si las distancias aparecen yo ya sé construir puentes, porque lo sigo conociendo y me encanta, porque lo escucho y me sorprendo, porque aunque no esté yo sigo oliendo el humo de su cigarrillo, porque él ahora me enseña, y yo también a él. Ya no hay más distancias, no las siento y él tampoco. Se volvió a subir al auto.
Mi hermano despierto
mientras yo dormía.
Mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Ahora se terminaba nuestro día, nuestro viaje, volvíamos al lugar de partida, previo café en una YPF del medio de la autopista. Y conseguí lo que quería: avanzar un poco más. “La lección vale para cualquier viaje, que sólo puede lograrse si el viajero que va en busca del Otro llega a identificarse con él.”[6]. Creo que así fue.
[1] Lo del colectivo se refiere al cuento que escribí a partir de la entrevista, no tiene título aún.
[2] Estrofas de un poema de Julio Cortázar dedicado al Che Guevara titulado “Yo tuve un hermano” (1967). Hice algunas modificaciones en los tiempos verbales del poema.
[3] Fragmento desgrabado de la entrevista.
[4] Orquesta típica de tango
[5] Fragmento desgrabado de la entrevista.
[6] Fragmento de “El viajero y su búsqueda” de Jaques Brosse.

jueves, 10 de julio de 2008

Todos los días a la misma hora. El mismo recorrido. El mismo colectivo de la línea 56. La cantidad de gente. La misma gente. La gente. Las señoras con tacos, pidiendo el asiento. Qué bronca le daba. Los señores con traje. Lo nenes con guardapolvo o uniforme. Los demás, que siempre van a algún lado pero ella no sabía a dónde, y en su cabeza se creaba historias de cada uno que veía subir.
Solía tener una musiquita que la acompañaba todo recorrido, una musiquita interna. Tal vez era Spinetta, no es seguro. Y su libro Cortázar todo marcado, y escrito, y los tipos mayores de 40 años que a veces le clavaban la mirada mientras leía. Pensaba mucho. Demasiado. No entendía por qué las distancias. Ni tenía idea dónde terminaba el recorrido, no entendía porque algunos se bajaban antes y otros después. No entendía el significado de la palabra colectivo. Muchas personas juntas, ninguna se conocía. Siempre se sentaba atrás, para ver el paisaje de carne y huesos, y sus caras de cansancio.
Del otro lado estaba él. Siempre lo veía y lo miraba con cariño. Se preguntaba dónde subiría porque cada vez que subía, él ya estaba sentado, con cara de ansiedad por llegar. Siempre quiso hablarle, pero había gente en el medio. Gente malhumorada, los tacos.
Él quería escapar, le molestaba mucho tener que sentarse todos los días en el mismo asiento del mismo colectivo del mismo recorrido de la misma línea de las mismas caras del mismo todo. Le molestaba que vehículo pare a cada rato. Quería que despegue. O que se rompa o que choque, algo que lo lleve a la aventura. No tenía un asiento fijo en el cual sentarse pero había probado todos o casi todos, o al menos más que ella, qué sólo le importaba sentarse atrás y no veía nada más. Él ya había encontrado su lugar perfecto, y no quería volver a probar los otros asientos. En este podía ver por la ventanilla, y dormir. Hoy intentaba eso, pero ella, subió rápido porque tuvo que correr el colectivo y se sentó al lado de él. Lo despertó y empezó a hablarle, sabía que él le daría la respuesta a sus pensamientos.
-Al fin nos sentamos juntos. Le dijo
- Sí, vos viajás todos los días acá, ¿no? Le respondió con cierta actitud insegura.
- Sí, por suerte o por desgracia. Pero veo que vos tenés más tiempo que yo en esto.
- Sí, muchos kilómetros acá arriba.
Pasaron dos horas, y no se dieron cuenta que el viaje continuó más de lo normal. Hablaban y hablaban. De repente subió chico de unos 19 años, vendiendo discos “truchos” con un grabador, y haciéndolos sonar. Se escuchaba, de fondo algún tema de Calamaro, esos viejos de la década de los 80. Ella lo tarareaba en su interior y él cantaba. Se miraban y se reían y a pesar que se llevaban veinte años, parecía que no había distancias.
De repente, el paisaje que se iba para atrás y era devorado por la ventanilla quedó en su lugar. Alguien puso pausa. La imagen externa se volvió helada. Se paró el tiempo.
Las personas empezaron a insultar. -¿Hay que bajarse? Exclamó un joven abriendo sus ojos y sacándose los aparatitos de sus oídos. La gente, apesadumbrada comenzó a descender para reacomodarse en otros colectivos. “Bajen todos, me quedé sin motor” exclamó el chofer, con una voz que expresaba su cansancio. El cansancio de toda una vida y mucho viaje.
Entre ellos se rompió algo. Un motor que dejó de funcionar, los arrancó de sus asientos. Bajaron entre medio de todos y se sentaron en el cordón. Sabían que iban a tener un largo rato ahí. Él buscó desesperadamente su caja de Marlboro, y ella miró a su alrededor, en especial al chofer, con quién se saludaban todos los días amablemente.
Todavía no pasaron más de dos horas. Ni siquiera un minuto más. La conversación fluida de ambos se volvió monótona. Mientras el fumaba, y ella agarraba algo para leer, se pusieron a mirar el colectivo que tenía la puerta de atrás abierta, y a su lado el colectivero intentando parar a sus compañeros para reacomodar a los pasajeros. Pero nadie paraba. De fondo, en un bar se escuchaba el partido de boca. Seguían mirando el colectivo pero cada con más atención. ¿Cómo podían ir todos juntos, y entre cada uno había un destino diferente?
Él le dijo que pesar que quería llegar le gustaba esa situación, algo que lo saque de su vida habitual por un rato, pero que no podía parar de mirar al colectivo. Ella le dijo que estaba pensando en el chofer, y se había dado cuenta que él tenía dos destinos, el de partida que después se convertiría en llegada y viceversa. Le daba lástima ver su cara de sufrimiento por el motor. Ella no entendía y él la entendía.
De pronto, el chofer anunció que venía otro 56. Repleto. Se apuraron a subir. Ella se quedó abajo, mirando. Y él la saludo desde la ventanilla. Iba a llegar más rápido. Ella iba a llegar. Él la observó. Quería recordar cada detalle. El color de su remera, su libro marcado, su pelo, su mirada, su silueta, la imagen difusa. Ahora un punto.

lunes, 16 de junio de 2008

Puente II

Pasó una noche y un texto desde lo que pensé ayer sobre la escritura como puente. Hoy me puse a leer Fronteras, naciones, identidades que está en el cuadernillo del territorio de Misiones y casualmente, se habla del puente, de las fronteras entre Misiones y Paraguay.
“Fin de las fronteras”, geográficas. En mi caso, fin de las fronteras entre mi interior y mi exterior (en relación a la escritura). ¿Será cierto? “El puente se convirtió así en un escenario clave de disputas internacionales, donde se conjugaron dimensiones étnicas, de clase y género.” La escritura como puente también será un escenario de disputas. Ahora, me resuenan las palabras “escribir es meterse en problemas”, ¿será siempre posible llegar al final del puente? ¿Por qué están tan separadas las fronteras? Me lo pregunto porque a pesar de ser una continuación de tierra, o continuación de uno mismo, siempre hay claras diferencias.
El texto cita a un tal Peyret quien construye diferencias entre los argentinos y paraguayos: los primeros civilizados, los segundos en la barbarie. De esta manera, una línea imaginaria, un río, un trazo que separa un mapa construye diferencias. Y es sólo una línea. Después se construye el puente. Para superar estos obstáculos. La escritura, para superar estos obstáculos también: la frontera entre el propio mundo interno y el externo.
Y me pongo a pensar, qué pasa si hay conflicto en el puente (escritura). “Es el primer corte de puente motivado por el puente mismo.”; “Los cortes de puente constituyen la dimensión visible de un conflicto irresuelto y profundo, y ponen en escena en los medios de comunicación una verdadera disputa de intereses y defensa de la dignidad nacional.” Lo mismo pasa en la escritura, cuando hay conflicto, éste se puede volver totalmente visible, porque el conflicto está en poder transformar en externo lo interno.
“Se realizó el corte más prolongado del puente, quedando interrumpido el tránsito durante ocho horas.” También pasa en la escritura, cuando se la bloquea uno puede escribir algo por horas, días, meses y años. Y no terminarlo. No poder pasar el puente: No encontrar la forma de poder sintetizar de manera clara algo que se va a leer en minutos y que quizás costó años. Hay una distancia temporal. “El tiempo es la distancia más larga entre dos caminos”. Y quizás, pase al revés, quizás yo escriba esto ahora en pocos minutos y nadie lo comprenda, nadie comprenda en años lo que yo escribí en minutos. Pero, a pesar de eso, me estoy dando cuenta que esa es la gracia del escritor, poder superar los bloqueos, el tiempo, para poder llegar a destino, y por tal motivo son necesarios los bloqueos en el puente porque nos ponen a prueba y aprendemos y hasta incluso, como ahora, escribimos sobre ellos. Hay que intentar unir los dos mundos: Argentina-Paraguay, interno-externo, historia uno-historia dos, civilización-barbarie. Es una forma de borrar estas fronteras. Y para eso escribimos, como dice el texto, los periodistas se transformaron en “guardias de fronteras”, tenemos que observar todo el tiempo estos límites, producir una “patria con palabras”, aunque no me gusta mucho el término patria, sino más bien yo diría producir una integración con palabras y no hacer que la escritura o el puente según el caso se conviertan en algo que separe, un obstáculo como creía antes.
Los escritores son como las paseras que trabajan y viven de la frontera: “las paseras y los taxistas desarrollan un trabajo que es exclusivamente consecuencia de esa fabricación cotidiana de la frontera.” La tarea del escritor es intentar todo el tiempo que dos universos, fronteras o límites entren en comunión. Por eso, al igual que las paseras, el escritor vive de las fronteras y los límites porque habla sobre ellos, juega con ellos, éstos les generan problemas, los dejan atascados en el puente. Si el que escribe, por obligación o por placer, no se anima (quizás por pereza) a convivir con los problemas que genera el escribir, puede hacer que el puente que tenía que integrar, termine “separando dos orillas”.

domingo, 15 de junio de 2008

Puente

Tengo que escribir el cuento, pero no encuentro el momento para hacerlo. No porque no lo tenga, sino porque no sé, no me siento cómoda para escribir. Y tengo algo en la cabeza pero tampoco me convence y creo que eso es también un poco el problema.
Igualmente, a pesar de haber dicho que iba a abandonar momentáneamente a Cortázar porque mi fanatismo, por así llamarlo, me estaba limitando, decidí ver finalmente una entrevista que hizo, que a veces pasan en Canal Encuentro, completa. Siempre la vi fragmentada, no sé por qué. El tema es que tenía ganas de verla, porque últimamente estoy escribiendo bastante. Cosa bastante rara, porque no suelo escribir mucho durante mucho tiempo, y sin que nadie me incite a que lo haga. El tema es que escribo cosas sin forma. ¿Y esto que tiene que ver con la entrevista? Me acordé de las formas, me acordé de cómo escribe él, me acordé que un unos de los fragmentos que ví, hablaba que el él escribía cuando te tenía ganas, no era profesional con eso, ni disciplinado.
Entonces, decidí verla, por un lado porque volví a leer cosas suyas, sin cumplir mi “promesa”, por el otro porque me acordé justo de eso y de que tengo que escribir el cuento, y también porque tenía ganas y punto. Pero la cosa es que sin pensar demasiado, saqué cosas que me parecieron importantes a la hora de escribir.
Todo está en nosotros, mostrar las cosas del otro lado, la propia noción del estilo, posibilidad de múltiple lectura de un texto, interpretación diferente, motivación de la escritura, no noción de horario, sin disciplina, de alguna manera el cuento ya está escrito, fantasía, realidad, seguridad, .
Toda esta enumeración fue más o menos lo que rescaté. No tengo ganas de explicarla pero sí me puso a pensar bastante. Hoy conversamos en mi casa, sobre las interpretaciones que cada uno tiene de diferentes cuentos. No es un tema recurrente, pero a partir de algo que había escrito empezamos a hablar sobre eso. Fue medio raro. Cuando vi la entrevista hace un ratito, Cortázar decía que esa multiplicidad de lecturas era fascinante. Y dijo algo que me quedó resonando en la cabeza: “el libro continuaba en la vida”.
Hace un tiempo, había escrito algo acá, en relación a que veía la escritura como un obstáculo. Es decir, tenía que escribir y no sabía qué ni cómo y eso me trababa. Leía las crónicas y me daban ganas de hacer una, pero también me sentía trabada. Ahora en este momento, estoy pensando a la escritura como puente. Desde interior al exterior. Es decir, escribimos a partir de nosotros, de lo que vemos, sentimos, percibimos. Pero siempre a partir de nosotros. Cuando estamos en el momento de objetivar todo lo anterior pasamos por el puente. Luego eso queda ahí, de forma material, es una proyección como todo,
y después continúa en la vida, como dijo Julio. Hoy me pasó un poco eso, y los últimos días también. Me di cuenta de cómo a partir de lo que escribí, a partir del puente, se pudo seguir reflexionando sobre eso, en diferentes ocasiones, porque fueron totalmente distintitas y eso me gustó, me hizo sentir cómoda aunque a veces incómoda también. Y a pesar que yo también reflexiono todo el tiempo sobre objetivaciones ajenas, ya sea escritura, habla, imagen, película, música, no me había dado cuenta de esa continuación en la vida”, sino más bien que para mí eran dos cosas diferentes. Para mí escribir, por ejemplo, me sacaba un rato de la vida y no me dejaba vivirla (como cuando quise escribir esa bitácora de mis vacaciones y no me salió), ahora no digo que no pase eso, pero sí sostengo que aunque la escritura pueda ser considerada como el fin de algo que empezó adentro nuestro, también puede servir de punto de partida para otras cosas, o quizás no.
No tengo todavía claro todo esto, porque lo estoy pensando en este momento, y creo que se nota.

martes, 27 de mayo de 2008

Bordó

Esa mañana me aterré. Cuando me fui a lavar la cara, levanté mis manos y estaban sangrando. Todas cortadas y chorreaban sangre. No sabía qué hacer. Me lavaba las manos y seguían sangrando.
Ardor. Mucho ardor. Una hora de ardor. Dolor quizás, pero me ardía más. Así estuve dando vueltas por mi casa chorreando la sangre que salía de mis manos. Sabía que si llamaba al médico iba a manchar el teléfono que era nuevo (lo cual traería un problema) y no quería dejar marcas de mi hemorragia. Si mi familia se enterara se desesperaría. Pero no deseaba tampoco eso. Tranquila y despacio fui a buscar un trapo a la cocina, que rápidamente se tiñó de rojo. Lo peor de todo es que siempre me dio impresión la sangre, desde chica. Cuando me voy a hacer un análisis de rutina, las enfermeras se ríen porque miro para otro lado cual niña que le tiene miedo al pinchazo. Pero no le temo al pinchazo, sino a la sangre, no me gusta verla. Es muy… bordó. Pero ellas, las enfermeras, se sienten tan poderosas por tener su aguja en mano, y los trajes blancos. Por supuesto, sus guardapolvos no se tiñen de colorado como mi trapo.
Seguí dando vueltas, pero me di cuenta de algo. Algo que me aterraba hace mucho y que me exasperaba más que el ardor del momento. Me estaba vaciando. El sangrado no cesaba y yo me vaciaba, me quedaba sin nada adentro, me estaba convirtiendo en un cuerpo sin llenar. ¿Y ahora cómo me llenaba? Si tomaba agua después la iba a orinar, no era lo mismo. Necesitaba buscar la forma de llenarme. No quería ni llorar, porque las lágrimas iban a acelerar el proceso de vaciamiento. No quería vaciarme, porque la sangre era un poco yo, y ahora una parte de mi iba estar ensuciando la casa y después se iba a secar y alguien la iba a limpiar; y yo me quedaba vacía. Y en este marco, mi sangre pintaba el ambiente.
El vacío ya era grande, necesitaba hacer algo. Decidí pedir ayuda médica. Agarré teléfono, que finalmente terminó machado. Y llamé. No sabía qué decir, para que el médico me entendiera. Si decía “doctor, me estoy vaciando” seguro me respondería “llénese” o “debe estar anémica vaya a hacerse un análisis de sangre”. Ya había mucha desparramada para analizar, si pasaba eso. Pero al fin y al cabo me atendió su secretaria y me dijo que no estaba, que si quería que pidiera un turno. Yo le comenté que era una emergencia, que lo tenía que encontrar. Pum. Me cortó. Estaba un litro más vacía.
Amigos, tenía que recurrir a ellos. Yo siempre estoy para ayudarlos cuando me vienen con sus dramas de mal de amores, familias, estudios, etc. Si les explicaba lo que me pasaba seguramente iban a venir a salvarme y llevarme a algún lugar donde me pudieran curar y llenar. Llamé al primero. No atendía nadie. Llamé al segundo, me daba ocupado. El tercero, me atendió la madre y me dijo que se estaba bañando. El cuarto, finalmente me atendió.
-Hola, tenés una voz rara, ¿qué te pasa?- Me preguntó con cierto tono de voz que indicaba preocupación.
- Me sangran las manos, no sé que hacer- Respondí.
- Dale, vos siempre con tus chistes, ¿cómo te van a sangran las manos?-
-Sí, me estoy vaciando.
Me dijo que no sabía que hacer, que tendría que consultar a alguien que sepa. Me dio a entender que me estaba volviendo loca, pero me seguía vaciando. Mi cuerpo cada vez respondía menos. Estaba pálida, algo mareada. Mis amigos no atendían, ni me entendían. Eso me vaciaba más.
Empecé a pensar el por qué de las cortaduras en mis manos y por qué mi sangre se iba de mi cuerpo. Yo siempre cuidé tanto mis manos, tengo algún que otro callo por la lapicera. Nunca tuve las uñas largas porque toda mi vida toqué el piano. Tengo manos resistentes por eso, manos que tienen que tener la fuerza suficiente para tocar las teclas en invierno cuando estaban heladas. Para destrabarlas cuando el piano estaba desafinado. Manos que se quemaron varias veces con agua caliente. Debían resistir cualquier cosa, y no convertirse en un orificio donde mi sangre pudiera evacuar con tanta velocidad.
Debo ser sincera, yo ya veía alguna que otra cortadura en ellas, pero no le di mucha importancia. Nunca pensé que iba a pasar esto. A decir verdad las cortaduras eran cada vez más grandes, pero no tenía tiempo para ocuparme de ellas. Las otras partes de mi cuerpo también tenían que funcionar, no podía ocuparme solamente del conjunto de dedos. Sabía que en parte era mi responsabilidad, pero odiaba tener que admitirlo. Quería echar culpas. Pero no tenía a quien, y el vacío me estaba haciendo perder fuerzas.
Finalmente me vacié. Completamente. El sangrado cesó, y ahora ando sin nada adentro. Un médico me trataría de loca y me mandaría al psiquiatra, me diría que sangre tengo. Sí, debo tenerla, pero ando por la vida vacía. Eso sólo yo lo sé.

viernes, 23 de mayo de 2008

Cata-cata-ratas

Todavía no había vuelto del sur (y aún no lo hice) y ya estaba planeando mi próximo viaje. Quería conocer las cataratas, todo el mundo me había dicho que el agua que a caía, lo hacía de tal forma, que te salpicaba en la cara y las gotas funcionaban de lágrimas. No era necesario hacer fuerza para llorar.
“Estoy sacando números, pero sácandolos”, le dije a mi amiga Dana tres semanas antes de irnos. Y así fue, emprendimos nuestro viaje.
Misiones me pareció una provincia copada, a pesar de haberla visto más desde arriba de un micro que desde abajo. Por suerte, y hoy en día puedo decirlo con tanto entusiasmo, el micro se quedó muchas horas. Qué lindo fue esperar con el calor agobiante en el pasto. Estuvo bueno, y si tendría que repetir el viaje, me volvería a quedar en la ruta 14 (creo que es). Cuando leí el texto de Caparrós, no pude evitar acordarme ese viaje. La tierra roja, “es tan espectacular” me decía Flor, una amiga. El verde, las subidas, las bajadas, ese camping copado en el que caímos. La lluviecita, y mis zapatillas que aún hoy siguen coloradas. La tapa de mi termo que se perdió en la selva (y todavía me duele), los turistas, los no turistas, los guaraníes vendiéndote artesanías que las podés encontrar en cualquier parte del país. Por eso lo único que compré fue yerba, aunque después me enteré que esa misma vendían acá. Igualmente los artesanos se hicieron el día con mi amiga.
Me quería tirar por el salto. Cuánta potencia había ahí. Debe ser el mejor lugar para suicidarse.
“El salto –la caída.
El salto fuerza:
el marrón se hace blanco.
La caída.”
Esas palabras resumieron todo lo que sentí en ese momento Agua y mucho agua, que te salpica. Después llovió, como era de esperarse en un clima subtropical, también más agua. Y mates calentitos, en el quincho, nuestra carpa color borgoña. El mejor enchastre.
Al otro día calor, toc toc, yerba, mate, sanguchitos, mochila, y la vuelta a la ciudad. Y hoy este tal Caparrós, me hizo acordar eso y mucho más.
Acá les comparto un poco de mi viaje.

viernes, 2 de mayo de 2008

Primer Manifiesto Surrealista (fragmento)

"Ordenen que les traigan con qué escribir, después de situarse en un lugar que sea lo más propicio posible a la concentración de su espíritu, al repliegue de su espíritu sobre sí mismo. Entren en el estado más pasivo, o receptivo, de que sean capaces. Prescindan de su genio, de su talento, y del genio y el talento de los demás. Digan hasta empaparse que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Escriban de prisa, sin tema preconcebido, escriban lo suficientemente de prisa para no poder refrenarse, y para no tener la tentación de leer lo escrito. La primera frase se les ocurrirá por sí misma, ya que en cada segundo que pasa hay una frase, extraña a nuestro pensamiento conciente, que desea exteriorizarse."
André Bretón


Uno de mis tantos problemas: el tener que escribir sobre algo determinado, con un sentido determinado. Tengo ideas que fluyen en mi cabeza pero cuando me tengo que poner a escribir, se me pone todo en blanco. O no me gusta lo que escribo, no le encuentro la vuelta.
Justo encontré este fragmento del Manifiesto Surrealista de André Bretón. Creo que seguir un poco lo que dice ayuda. La escritura suele ser un proceso, a veces más largo y otras más corto. Quizás mi problema esté en que quiero volcar ese proceso terminado, salteando los demás pasos. Siguiendo la metáfora del viaje sería como partir y llegar a destino sin haber viajado.
A veces me pasa también, que tengo ganas de escribir y no sé qué. Acá sirve también lo que dice Bretón, hay que empezar a escribir y dejar que lo que estaba en mi cabeza se materialice. No importa si queda desconectado, incoherente. Eso se arregla después. Pero ayuda a escribir.
También hay que permitirse imaginar, hasta donde más se pueda. Ayer encontré y miré un corto por acá (que lo puse al costadito del blog) que se llama El Viaje. Hay que imaginar, viajar hasta donde más se pueda, como lo hacen los nenes. Eso ayuda a escribir. ¿O la escritura ayuda a seguir imaginando? Me quedo con la segunda.